Editorial

Intransigencia del poder etíope

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Las revueltas de oromos y amharas contra el Gobierno etíope, en manos de la minoría tigre desde 1991, han dejado centenares de muertos, según algunas asociaciones de derechos humanos, entre ellas Human Rights Watch. Las protestas, que han tenido trascendencia internacional tras los gestos realizados por el atleta Feyisa Lilesa, segundo en la prueba de maratón en los Juegos de Río, confirman la dificultad que tiene el poder central para ganarse a las dos principales etnias del país en su proyecto político. En 25 años, Etiopía ha crecido de forma sostenida y ha logrado mejorar los parámetros sociales, pero ha sido incapaz de abrir espacios de diálogo con la oposición, reducida al silencio mediante coacción. Como poder regional, Etiopía es garante de la estabilidad en la región, en especial en Somalia, y recibe el apoyo occidental en su litigio con el régimen eritreo, el más cerrado y dictatorial de África. Un papel para el que necesita un amplio consenso social, en peligro por la intransigencia del Gobierno ante las reivindicaciones de oromos y amharas.